En algún punto de nuestra vida empezamos a caminar más solos. Las casas se cerraron, las puertas se aseguraron con más de una llave y los saludos entre vecinos se volvieron breves o inexistentes. Hoy vivimos rodeados de personas, pero muchas veces desconectados de ellas. Y esa desconexión nos aleja de aprender de otros y de sentirnos acompañados.
El psiquiatra infantil Bruce Perry, en su libro “El niño a quien criaron como perro”, señala algo simple pero profundo: los seres humanos estamos hechos para vivir en comunidad. Durante gran parte de la historia, las personas crecimos acompañadas por familias extensas, vecinos, rituales compartidos y redes de apoyo cotidianas. Esa comunidad no solo cuidaba, también nos regulaba emocionalmente, contenía y nos daba sentido de pertenencia. Con el paso del tiempo, muchas de esas redes se han debilitado o desaparecido, y con ellas apareció una soledad silenciosa que hoy se expresa en ansiedad, depresión y desesperanza.
Construir comunidad no es solo reunirse; es saber que estamos acompañados. Es mirar al costado y saber que hay alguien que puede tenderte la mano cuando las cosas se vuelven difíciles. Es también reconocer que lo que sé, lo que hago y lo que soy puede servirle a otro, y que en ese intercambio ambos crecemos. La comunidad nos recuerda que no tenemos que poder con todo solos, que pedir ayuda no es una debilidad, sino una necesidad humana.
Si miramos hacia atrás, muchas ciudades y pueblos del Perú —como Pucallpa— daban testimonio de ello. Las procesiones convocaban multitudes que compartían fe y emoción; las pandillas no eran solo bailes, sino encuentros donde el cuerpo, la música y la risa unían a generaciones. Las plazas de armas eran espacios vivos, personas conversando, niños jugando. Antes compartíamos más con nuestros vecinos, hoy ni siquiera sabemos quienes son. Había cercanía, reconocimiento mutuo, una sensación de “estar juntos” que hoy se extraña.
La realidad hoy en día es distinta. La delincuencia, el miedo y las noticias constantes sobre violencia han debilitado la confianza. Nos cuidamos aislándonos, pero ese aislamiento también tiene un costo emocional. Nos protege, sí, pero a la vez nos desconecta. Y cuando la vida golpea —porque inevitablemente lo hace—, no siempre encontramos una red que amortigüe la caída.
Por eso, hablar de comunidad es hablar de salud mental. Bailar juntos, compartir saberes, recuperar costumbres, crear espacios seguros para encontrarnos, no son lujos ni nostalgias: son acciones profundamente terapéuticas en sí mismas. Son formas de regular emociones, de sentirnos vistos, de recordar que pertenecemos a algo más grande que nosotros mismos.
Aquí también hay una responsabilidad colectiva. Las autoridades y las instituciones tienen un rol clave en promover y sostener espacios comunitarios: culturales, artísticos, recreativos y participativos. Pero también hay un gesto cotidiano que nos toca a cada uno: saludar, escuchar, compartir, abrir pequeños espacios de encuentro en medio de la rutina.
Volver a construir comunidad no significa volver al pasado, sino rescatar lo esencial de él. Significa recordar que el bienestar emocional no se construye en soledad. Se construye en vínculo, en presencia y en la certeza de que, cuando la vida se vuelve difícil, no tenemos que atravesarla solos.
Recuerda: el bienestar emocional no se construye en aislamiento, se teje en comunidad.

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