El 13 de enero fue el Día mundial de la Lucha contra la depresión. Y aunque una fecha en el calendario no permite que la depresión desaparezca, nos recuerda que este dolor existe, que muchas veces se vive en silencio, en las rutinas, cuerpos cansados y en sonrisas falsas que sostienen demasiado. En el Perú, en lo que fue del 2025, se atendieron mas de 222 mil casos de depresión; miles conviven con ella, algunas reciben ayuda y otras, tristemente, no.
La depresión es como una nube densa y persistente que roba energía y ganas de seguir adelante. Es un trastorno del estado de ánimo que, muchas veces, por la palabra “trastorno”, sigue siendo difícil de nombrar, difícil de sentir en voz alta, como si confesarlo fuera admitir una falta. Y esos silencios son los que permiten que se agrave.
Desde pequeños nos han enseñado, directa o indirectamente, que expresar nuestra tristeza es algo que hay que evitar o esconder. “Ya no llores”, “no es para tanto”, “tienes que ser fuerte”. Alguna vez en tu vida, de seguro, te las dijeron o incluso tú mismo/a las has dicho. En mi casa, por ejemplo, recuerdo que cada vez que mi hermano se caía o se golpeaba, le decían: “Hombre macho que come tacacho no llora”. Inconscientemente, entendió que para ser macho no tenía que llorar. Y no era solo para los hombres: llorar, mostrarse vulnerable o pedir ayuda parecía sinónimo de debilidad, mientras que aguantar y esconder eran sinónimos de fortaleza. Aprendimos que cuando algo duele, no debemos llorar.
Es un chip dificil de cambiar y toma tiempo entender que no todo lo que sentimos necesita ser arreglado, pero cuando empiezas a hacerlo te das cuenta que el mundo no se acaba. Las tristezas no se solucionan: se viven, se atraviesan. La tristeza nos muestra lo que es importante. Aunque nos asuste y sea incómoda de sentir, también cumple una función: nos conecta con lo humano. La tristeza no es un enemigo; es una señal, es nuestro cuerpo y nuestra historia intentando hablar.
Expresar lo que sentimos es el primer paso para no terminar haciendo de esa una tristeza crónica y no tiene por qué ser de una sola forma. No hay un método “correcto”; lo correcto está en la forma en la que tú lo elijas: a veces hablando, otras escribiendo, cantando, gritando, dibujando o simplemente dejándose sentir. Llorar, por ejemplo, no es debilidad y es la manera natural en la que la tristeza suele expresarse. Es una de las maneras más humanas de liberar lo que pesa. No hay nada más liberador que llorar y luego sentirte drenada/o, como si un poco de ese peso que llevabas se hubiera salido contigo. Mucho más liberador aún cuando hay alguien que te acompaña en se momento de dolor.
A mis casi 28 años he aprendido a llorar, a decir “esto me duele”. He aprendido a poner en palabras lo que siento y aún sigo aprendiendo, porque todavía cuesta pedir ayuda. ¿Sabes algo? No pasa nada cuando la pides. No te quita fortaleza, no te resta valor, no borra lo que sabes ni lo que has logrado. Al contrario, hace el día más liviano y el camino menos pesado; te invita a pensar que no estás sola.
Si conoces a alguien que está atravesando un momento así, por favor, no le digas que no llore, que ya pasará ni que “todo va a estar bien”. Ver la tristeza de alguien puede ser incómodo, pero el mejor alivio para la tristeza es estar triste. Tal vez las cosas estarán “bien” más adelante, pero en ese momento lo importante es acompañar a esa persona, y a veces esas frases invalidan lo que puede estar sintiendo. Está bien no estar bien. La vida también es eso.
En lugar de decir esas frases, intenta algo distinto y pregunta: “¿Cómo puedo estar para ti?”. Y deja que esa persona elija como quiere ser acompañada. Algunas veces necesitaremos un abrazo, otras un consejo y, muchas veces, solo alguien que escuche sin juzgarnos, sin corregirnos, sin decirnos cómo deberíamos sentir.
Sentir no nos hace débiles. Nos hace vivos.
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