¿Cuántas veces sentimos que necesitamos algo o alguien para estar completos?
Esa maestría que está pendiente, ese carro o moto que vimos que tenía un amigo, ese viaje soñado o la espera de esa persona que nos ame. Pensamos que cuando eso pase estaremos bien y completos; sin embargo, cuando llega, nunca es suficiente.
Cuenta una antigua leyenda hindú que, al principio de todos los tiempos, los seres humanos tenían un poder inmenso, pero comenzaron a usarlo sin conciencia. Entonces Brahma, el dios creador en el hinduismo, decidió esconderlo en un lugar donde no pudieran encontrarlo. Primero pensó en enterrarlo en lo más profundo de la tierra, pero supo que en algún momento los humanos aprenderían a cavar hasta allí. Luego pensó en lanzarlo al fondo del mar, pero se dio cuenta de que, con el tiempo, podrían crear aparatos para llegar a las profundidades. También consideró llevarlo a lo más alto de las montañas, pero entendió que tarde o temprano los seres humanos llegarían hasta allí.
Brahma descartó cada una de estas ideas. Sabía que, con el paso del tiempo, los humanos conquistarían todos esos lugares. Entonces tuvo una idea distinta: escondió su poder dentro de ellos mismos, en un lugar donde no lo buscarían.
Tal vez por eso hoy pasamos tanto tiempo buscando respuestas fuera de nosotros. Creemos que el bienestar llegará cuando hagamos más, cuando cumplamos expectativas ajenas, cuando alcancemos cierta estabilidad económica o cuando por fin “lleguemos” a algún lugar. Vivimos en el hacer constante, en la productividad y en la exigencia diaria.
En medio de esa carrera, pocas veces nos detenemos a preguntarnos cómo estamos realmente. El estrés del día a día, la preocupación permanente y la rutina nos empujan a seguir avanzando sin pausa, incluso cuando el cuerpo y la mente piden un descanso. Corremos todo el tiempo, pero no siempre sabemos hacia dónde.
Detenerse, en una sociedad que valora la rapidez y la productividad, suele verse como una pérdida de tiempo. Sin embargo, es justamente en esos momentos de pausa donde podemos reconectar con nosotros mismos y empezar a descubrir qué queremos, qué nos mueve y qué sentido le estamos dando a nuestra vida. El bienestar no se construye únicamente resolviendo lo externo, sino también escuchando lo que llevamos dentro.
Hoy más que nunca necesitamos recuperar esos momentos de pausa y silencio que nos permitan mirarnos con honestidad. Espacios para conocernos, para elegir desde lo que realmente queremos y no solo desde lo que se espera de nosotros. Al hacerlo, empezamos a reconocer nuestra resiliencia, nuestra fortaleza y todo aquello en lo que aún podemos seguir creciendo.
Conectar con nosotros mismos es el primer paso para comenzar a hacernos responsables de nuestra propia vida. Cuando dejamos de vivir en automático y empezamos a escucharnos, recuperamos la capacidad de decidir, de elegir y de actuar con conciencia. Así, lo externo deja de dirigir nuestra vida y pasa a ser solo una parte del camino, no quien toma las decisiones por nosotros.
Tal vez el verdadero bienestar comience cuando nos atrevamos a volver a nosotros y a asumir, con valentía, la responsabilidad de vivir desde quienes somos y no solo desde lo que el mundo espera de nosotros.
Recuerda: ni lo que está delante de ti ni lo que quedó atrás se compara con todo lo que habita en tu interior.
¿Cuándo fue la última vez que te detuviste a mirar hacia dentro?
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