El periodista Mitzar Bato Castillejos Tenazoa murió este 26 de diciembre tras varios días de agonía. Había sido atacado a balazos en su propia vivienda, en Aguaytía, el pasado 12 de diciembre. No fue un robo ni un hecho fortuito. Fue un ataque directo, calculado, un intento por silenciar una voz crítica que incomodaba. Esta vez, lo lograron.
En el Perú, donde la ley llega tarde o no llega, informar se ha convertido en una actividad de alto riesgo. El asesinato de Mitzar no es un caso aislado ni un simple titular policial, es una advertencia brutal para quienes ejercen el periodismo desde las regiones del Perú, muchas veces sin respaldo, sin seguridad y con la única protección de su convicción. En lugares donde el crimen organizado avanza y el Estado retrocede, la palabra se paga caro.
Escribo estas líneas no solo como periodista, sino como hija de un periodista. Y desde ese lugar, el miedo no es una idea abstracta: es un recuerdo constante. Crecí entendiendo que el oficio de mi padre no terminaba cuando salía de la radio, lo acompañaba hasta la casa, hasta la mesa de la cocina, hasta las largas noches. Hubo momentos en los que tuve que esconderme, esperar horas y horas en el colegio donde solo podía recogerme papá o mamá, cambiar rutinas. Momentos en los que rogué, en silencio o en voz alta, que mi papá regresara vivo a casa.
Por eso la muerte de Mitzar es distinto. Porque sé lo que hay detrás: una familia esperando, hijos preguntando, un hogar marcado para siempre. Ser periodista no debería costar la vida, pero en muchas zonas del país significa caminar con miedo, escribir sabiendo que cada denuncia puede ser la última. Es una carga que no solo asume quien firma la nota, sino también quienes lo aman.
Hoy Aguaytía está de luto, pero también lo está el periodismo Ucayalino. La indignación no basta si vuelve a diluirse entre comunicados y promesas vacías. El Estado tiene una deuda urgente con los periodistas de las regiones: garantizar protección real, investigaciones rápidas y justicia efectiva. El silencio institucional también mata.
Mitzar Bato no murió por azar. Lo mataron por informar. Y mientras no se entienda que defender al periodismo es defender la democracia, seguiremos contando muertos en lugar de historias.
Yo seguiré escribiendo. No porque no tenga miedo, sino porque callar sería aceptar que ellos ganaron.
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