El río Ucayali volvió a hablar, pero esta vez con un silencio que lo dice todo; cuando la emergencia golpea, las autoridades simplemente no están. El naufragio ocurrido en Iparia no solo estremeció a la población, dejó al descubierto la fragilidad de un sistema que tolera embarcaciones sobrecargadas, rutas sin control y un transporte fluvial donde la suerte reemplaza a la seguridad. Apenas la nave se hundió, no fueron las instituciones las que respondieron, fueron los propios pobladores quienes, con linternas, botes pequeños y la desesperación, se lanzaron al río antes de que alguna autoridad apareciera.
Lo que siguió fue la confirmación del abandono. Los cuerpos comenzaron a aparecer porque los comuneros los hallaron, no porque existiera un operativo oficial coordinado. Los equipos de rescate llegaron tarde, sin logística, sin liderazgo, sin equipos adecuados; una muestra dolorosa de la desorganización estatal. En Pucallpa, la indignación creció. Las familias protestaron frente al GOREU, frente a la prensa, frente a cualquier institución que pudiera escucharlas. Pero las respuestas no llegaron. Nadie asumió responsabilidad. Nadie estuvo realmente al frente. Solo excusas, solo silencios, solo abandono.
Hoy, Iparia no es solo el escenario de una tragedia, es la evidencia de un sistema que falla desde hace años. Un transporte fluvial sin regulación efectiva, una cadena de mando incapaz de reaccionar, un Estado que aparece para los discursos, pero no para salvar vidas. La escena es siempre la misma, pobladores haciendo el trabajo de las autoridades, familias suplicando continuidad en las búsquedas y comunidades enfrentando la burocracia mientras el río devuelve su dolor a cuentagotas.
El Ucayali seguirá fluyendo, implacable. Pero lo ocurrido en Iparia no puede ser arrastrado por la corriente ni olvidado como una estadística más. El verdadero homenaje a las víctimas no será una ceremonia ni un comunicado, será exigir que esta tragedia no se repita. Y la pregunta que hoy queda suspendida sobre la región es tan simple como urgente:
¿Hasta cuándo seguiremos normalizando un Estado que siempre llega tarde, o peor aún, que no llega?
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