Este es el primer editorial que hago en casi diez años. La última vez que escribí en este mood fue en 2016 cuando era director de El Choche y tuve la revolucionaria idea de sostener una opinión.
Creo que eso es importante, que los medios inviten a sus colaboradores a sostener una opinión, defenderla y que siempre den la cara por la misma.
Ojo, no todo debe ser una opinión como tal.
El trabajo periodístico bebe de las aguas de los hechos y se embriaga con la idea de la objetividad; es lo que debe ser, es lo correcto, lo que se espera de un trabajo periodístico.
Ahora, más allá de lo periodístico, es importante conocer cómo piensan los comunicadores cuando no están en personaje.
Son de derechas, de izquierdas, amarillos, rojos, azules, morados, verdes…
Es importante que todo profesional tenga una opinión sustentada y defendible; pero, en el caso de los comunicadores, considero que es aún más relevante.
Opinar es un acto de decisión, responsabilidad y pensamiento crítico.
Si tu opinión es bilis disfrazada de libertad de expresión, eres exactamente todo lo que está mal con los comunicadores y las comunicaciones.
Uno puede opinar sobre cualquier tema; pero, debe dar la cara por cada pensamiento vertido en la opinión. Ahí radica el primer problema de la columna de opinión, de la crítica, del pensar y hablar: la gente no da la cara.
Vivimos en una sociedad muy acostumbrada a tirar la piedra y esconder la mano.
La cultura del yo-no-fui está muy enraizada, celebrada, normalizada en nuestra sociedad pucallpina / amazónica.
Si no fuera así, no tendrían tanto éxito las decenas de cuentas anónimas o falsas que difunden bulos a diestra y siniestra.
La gente está dispuesta a aceptar justicieros anónimos que terminan siendo solo parte del show del debacle periodístico.
“Es que hoy, con el celular, todos somos periodistas”, es una expresión que he escuchado más veces de las que quisiera y me genera mucha animadversión, sobre todo cuando viene de la boca de supuestos colegas.
No señores, tener una cámara y la posibilidad de grabar, nos los vuelve periodistas.
Con mucha suerte harán algo de comunicaciones; pero, nada si quiera cerca a ser un profesional en la materia.
Existen criterios, técnicas, marcos legales entre muchas otras cosas para poder ejercer profesionalmente las comunicaciones.
No se trata de hablar bonito, ser guapo o guapa o tener algo interesante para compartir. Se trata de, desde los principios profesionales, desarrollar las comunicaciones.
Pucallpa no aguanta más empirismo en las comunicaciones, requiere urgentemente de comunicadores profesionales, comprometidos con su oficio y con su reputación.
Mientras haya más seguidores de ‘Peluchín’ que de Hildebrandt, en la comunidad de comunicadores, seguiremos mal.
No es que Hildebrandt sea santo de mi devoción; pero, es innegablemente un referente del periodismo y debería ser leído y estudiado por la academia con mucho más rigor.
Puede que estés más o menos de acuerdo con mi opinión; pero, esta es mi columna. ¿Algo que responder? Nos vemos en los comentarios.
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