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Insultos no ganan elecciones: el declive de Rafael López Aliaga

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En un país donde la desconfianza hacia la política ya es casi parte del ADN ciudadano, las últimas encuestas y simulacros electorales no solo muestran números: revelan estados de ánimo. Y el mensaje es claro —aunque algunos no quieran escucharlo—: el electorado está castigando.

Los datos más recientes confirman una tendencia que venía asomándose: Keiko Fujimori se consolida como la única candidatura con presencia nacional real, mientras que figuras emergentes como Carlos Álvarez empiezan a capitalizar el hartazgo ciudadano. Pero hay un caso que merece una lectura más profunda —y más incómoda—: el de Rafael López Aliaga.

Hace apenas unas semanas, López Aliaga aparecía como uno de los favoritos. Hoy, los números lo empujan hacia abajo. Ya no lidera. Ya no crece. Y, lo más preocupante para su campaña: empieza a quedarse sin techo político.

¿Qué pasó?

No fue un error aislado. Fue una estrategia.

El uso constante del insulto, la descalificación y el “terruqueo” como herramienta política puede generar aplausos en un sector reducido, pero termina alejando a la mayoría. En un país golpeado por la polarización, el ciudadano promedio no quiere más confrontación: quiere soluciones. Y cuando un candidato convierte el debate en ataque permanente, deja de ser una opción y pasa a ser un problema.

Los números del simulacro son contundentes: mientras otros candidatos crecen o se mantienen, López Aliaga retrocede. Pierde fuerza fuera de Lima, no logra conectar con el Perú rural y empieza a evidenciar lo que muchos analistas advertían: su candidatura tiene más ruido que estructura.

Y en política, el ruido no siempre gana elecciones.

Mientras tanto, el escenario se reconfigura. Carlos Álvarez aparece como un canal de protesta más “ligero”, menos confrontacional, y eso le permite crecer. Roberto Sánchez, por su parte, consolida silenciosamente un voto en regiones que históricamente termina inclinando la balanza. Y Keiko Fujimori, con todos sus anticuerpos, mantiene el voto más sólido del tablero.

En ese contexto, López Aliaga empieza a perfilarse como lo que nadie en campaña quiere ser: el gran perdedor anticipado.

No porque no tenga seguidores. Los tiene. Pero porque su crecimiento se ha detenido justo cuando los demás avanzan. Y en una elección tan fragmentada como esta, quedarse quieto es retroceder.

Pero hay algo más de fondo.

Más del 30% del electorado sigue entre el voto en blanco, indeciso o desinteresado. Es decir, la elección aún no está definida. Y ese ciudadano —el que no grita, el que no milita, el que no entra en la guerra política— es el que finalmente decide.

Y ese ciudadano, hoy, parece estar diciendo algo muy simple:

No quiere gritos. No quiere insultos. No quiere miedo.

Quiere alguien que lo represente sin dividirlo.

En política, subestimar ese mensaje suele costar caro. Y todo indica que algunos ya están empezando a pagar ese precio.

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