Esta columna es, básicamente, una carta abierta a mis estimados estudiantes de Ciencias de la Comunicación de la Universidad Nacional de Ucayali.
He podido escuchar en los últimos días que un grupo de ustedes se encuentra bastante disconforme con situaciones y personas de la Escuela y la universidad.
Hablan de gestar cambios, de irrumpir, de hacer ‘sentir’ sus voces y sus enojos para que las cosas cambien.
Una de las cosas más bellas de la juventud es ese tesón, considero que ese impulso ha sido la gasolina del motor de la historia. La humanidad se ha movido siempre con la fuerza de la juventud.
Me enorgullece que mi alumnos tengan una posición y no sean conformistas, es una señal de salud mental, espiritual y física por parte de ellos.
El punto -lo importante- es que el músculo de la juventud suele estar azuzado por mentes no tan nobles o alineadas al bien común; sino, al bien personal.
Cuando uno es joven, las ideas de cambio, revolución -la posibilidad de dejar huella- son un caramelo al que difícilmente le decimos no.
Una de las primeras cosas que te anuncia que la juventud ya está pasando es la llegada de la prudencia y la mesura a tu vida: aprender a elegir tus batallas.
¿Podemos entrar en todas las batallas? Pues, de poder se puede; pero, la verdadera pregunta es ¿es necesario que entre en esta batalla?
Ahí las cosas se ponen interesantes y la respuesta es no, no es necesario entrar en enfrentamientos cada dos por tres.
“Pero es que el profesor fulano hace esto” y “el mengano hace lo otro con sus favoritos” son frases que he escuchado muchas veces y que son el impulso de querer romperlo todo en estos días.
Antes, eso hubiera bastado para que yo encabece una revolución francesa y la decapitación de medio mundo; pero, hay que ser estratégicos.
Vivimos en una situación llamada estado de derecho donde uno tiene que agotar todas las vías pacíficas y de diálogo, antes de emprender medidas de fuerza.
Las preguntas que siempre les hago son las siguientes:
- ¿Qué evidencia hay de lo que dicen?
- ¿Hablaron con la instancia superior, considerando la jerarquía docente, director, coordinador, decano, rector?
Normalmente, para todas las acusaciones, no hay evidencias y eso es peligroso en un proceso porque no se debe hablar de ninguna conducta no probada, ley base del periodismo.
Sobre lo segundo, llega un incómodo: pero es que no hacen nada.
Al respecto debo decirles que no importa si no hacen nada. Lo importante es que dejen constancia documentaria de sus reclamos, con evidencias que luego no puedan negar.
Deben ser ordenados al punto de que cada autoridad competente o incompetente no pueda alegar desconocimiento para que, si es que un buen día hacen público el problema, en la red estén todas las instancias tocadas.
Ojo, no sólo es tirar barro y queja. Deben proponer alternativas de solución, porque no sólo es quejarse por quejarse, es proponer cuál consideran que es la nueva opción.
Yo estoy más que seguro que, frente a una crítica ordenada, fundamentada y con propuestas de solución, las personas sabrán corregir su proceder y mejorarán.
Ese debe ser el objetivo, que mejore su obrar en beneficio de la Escuela. Ser docente o directivo no debe ser un concurso de simpatía, no debe estar el que mejor me cae; sino, el que mejor trabaja por el bien común.
Apunten a eso, elijan sus batallas, tengan evidencia, usen los canales regulares y verán cómo todo mejora.
¡Ánimo!
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